domingo, 22 de junio de 2014

Desorden Alimenticio


Su desorden alimenticio comenzó durante los primeros meses de su embarazo. Para ese entonces Adriana tenía 16 años de edad. Su cuerpo era esbelto y sólo pesaba 128 libras. Ella se sentía orgullosa de su imagen; especialmente de sus senos. Los hombres latinoamericanos, usualmente, elogian a las mujeres cuando tienen el cuerpo bien definido. En vista de esto, muchas mujeres hispanas se ocupan más de la apariencia física, que de nutrir el intelecto. Por consiguiente, el cuerpo de Barbie pasa a ser el modelo ideal, que muchas de ellas quisieran tener. Adriana no fue la excepción.

Anterior a su embarazo la alimentación de Adriana era normal. Ahora bien, en el momento en que supo que esperaba un hijo comenzó a comer desenfrenadamente creyendo que la cantidad que ingiriese no la engordaría a ella sino más bien al bebé que crecía dentro de su vientre. Así que, a partir de ese momento, su pareja empezó a complacerla en todos sus antojos. En un día podía comer hasta siete veces. Por ejemplo, de desayuno, o mejor dicho almuerzo, ya que no trabajaba, y se levantaba a eso del mediodía, Adriana comía un sándwich de jamón y queso, y un vaso de jugo de naranja con leche evaporada; el famoso morir soñando en República Dominicana.

En el mismo edificio en donde vivía Adriana su prima vendía comida para los jodedores “drug dealers,” que trabajaban en los puntos de drogas. La pareja de Adriana trabajaba en dicho lugar. Pues bien, a su prima le pedía una orden de mangú con los tres golpes: queso, salami y huevos fritos; con una tajada de aguacate. Después de comer en casa de su prima, Adriana iba a visitar a su madre, quien vivía a una sola cuadra de distancia. Su madre siempre ha sido una excelente cocinera y es difícil rechazar su comida, aun cuando uno no tenga hambre. Si Adriana no comía la comida de su madre ésta se ponía celosa. Sin más ni más, Adriana volvía a comer cuando ni siquiera habían pasado tres horas de haber comido en casa de su prima.

De ninguna manera Adriana pensaba que iba a engordar, puesto que al principio de su embarazo vomitaba todo lo que consumía. Cuando regresaba a su apartamento, luego de haber almorzado en casa de su mamá, tenía que cocinar para su marido y sus secuaces. Como él trabajaba de seis a dos de la madrugada éste prefería comer alrededor de las ocho. En su casa también volvía a comer lo que preparaba. Pero aquí no termina la cosa, ya que cuando su pareja terminaba de trabajar se iban de parranda a cualquier restaurante que tocase música típica dominicana. En el restaurante Adriana ordenaba comida, ya fuese carne frita con maduros o camarones enchilados con tostones. Luego, pedía una limonada con bastante azúcar.

¡Dios mío, cuánta comida le entraba Adriana a su estómago! Literalmente parecía como una perra hambrienta o una mendiga desesperada. Adriana comía demasiado pero, de alguna manera, no saciaba su hambre. Era como si quisiese llenar un vacío que en ese momento ella no era capaz de entender. Ya para entonces no vomitaba. Poco a  poco se fue inflando. Cuando cumplió los 9 meses, pesaba 102 libras por encima de su peso normal. La joven de 128 libras pasó a ser una ilusión; como un recuerdo fugaz. Adriana se miraba al espejo y le daba grima ver su cuerpo desproporcionado. Sin embargo, ella se consolaba al pensar que todas esas libras desaparecerían tan pronto ella diera a luz a su bebé. Pensaba que su cuerpo volvería a ser el mismo de antes. Pero, desafortunadamente, no sucedieron así las cosas. El bajar de peso se hizo bastante difícil para Adriana.

¿Pero cómo perder peso si Adriana no hacía ejercicios ni tampoco llevaba un ritmo de alimentación saludable? Ella, en cambio, buscó el camino fácil. Adriana comenzó a tomar pastillas para perder peso. Además, aun después de su embarazo, Adriana continuaba comiendo exageradamente. Cuando esto sucedía, ella tomaba laxantes y pasaba parte de la noche pegada al inodoro con diarrea. Fueron muchas dietas las que Adriana trató para controlar el apetito. Finalmente encontró a un doctor cubano, quien tenía su oficina en Washington Heights, en el alto Manhattan. El doctor Pérez era la sensación del momento, ya que las pastillas que éste recetaba sí funcionaban y sus pacientes podían perder hasta diez libras por semana. Adriana recuerda que este doctor recetaba tres pastillas: una para quitar el hambre, otra para eliminar agua del cuerpo, y la última era de potasio. Además, también ponía una inyección de vitamina B12.

Con ese tratamiento bajó más de 63 libras. Estaba feliz porque finalmente volvería a su peso anterior. Sin embargo, en el momento en que perdió todas esas libras, se encontró con un nuevo dilema. Su piel estaba flácida. Sus senos, los cuales admiraba tanto, ahora estaban llenos de estrías. Su barriga, por otro lado, con las estrías y lo blandita que estaba, parecía una gelatina llena de lombrices. Para esta época su desorden alimenticio se aplacó bastante. Es más, Adriana cree que dicho desorden se desató no por su embarazo sino más bien por el estilo de vida que le tocó vivir con el papá de su único hijo. Antes de vivir en dicho lugar, Adriana era una chica común y corriente; con muchos sueños e ilusiones. Con apenas 14 años se vio expuesta a una comunidad en donde la droga y la delincuencia estaban contagiando a la gran mayoría de sus residentes. Sin darse cuenta, ella también se fue involucrando en ese ambiente tan denigrante. Quería llevar el ritmo de vida que veía en las demás mujeres que estaban a su alrededor.


Adriana quería un tipo de vida desahogada. Ahora piensa que se enamoró del papá de su hijo por las cosas materiales que él podría darle. Aunque tenía comodidad y desenvolvimiento económico, Adriana no era feliz, puesto que esa no era la calidad de vida que había proyectado para ella ni su hijo. Pero, con apenas 16 años, qué iba a saber una chica de esas cosas. Aparentemente Adriana estaba contenta, pero en el fondo de su corazón había un inmenso vacío. Era como si ella quisiese echar el tiempo atrás y estar nuevamente en la escuela recibiendo una educación. Por suerte, esa relación fracasó. El papá de su hijo resultó ser un polígamo con mujeres por doquier y procreando hijos, que no llevarían su apellido pero que tampoco les proveería ayuda económica. Su hijo no fue la excepción ya que su papá no hizo lo uno ni lo otro. Aunque la relación fue corta, el daño ya estaba hecho porque Adriana ya no era la jovencita inocente que alguna vez se sintiese feliz con su vida.

Adriana regresó a vivir con su madre, y con gran ilusión comenzó una vida normal, sin embargo, le tomó bastante tiempo reencontrarse consigo misma. Con respecto a la comida, Adriana ya no se excedía tanto. El problema era que ella no hacia ejercicio para tonificar su cuerpo. Es cierto que perdió todas esas libras que tenía de más, pero ahora lo que le inquietaba era cómo lucía su cuerpo. Los atributos, que según ella, la hacían lucir bonita pasaron a  ser su mayor complejo. Ya sus senos y su barriga estaban llenos de estrías como Janet en “Memorias de un Hombre Solo” de Luis R. Santos Lora. Su enfoque en ese momento era resolver ese asunto lo más pronto posible. Adriana sentía pavor al pensar que un hombre fuese a ver su cuerpo desnudo. ¿Pero no se supone que  el cuerpo de una mujer cambia después que tiene un hijo? ¿Porque solo se enfocaba en la belleza física? Por su ignorancia no se percataba que detrás de esa chica fuerte estaba escondida la niña tímida e insegura que había emigrado a Nueva York a la edad de 12 años. Al llegar a esta ciudad, el choque de culturas y el no hablar inglés desarrolló en Adriana inseguridad y baja autoestima. 

Mirando al pasado se podría decir que fue entre los doce y dieciséis años cuando Adriana perdió su identidad. Ella actuaba acorde a los falsos valores, conceptos y prejuicios de la gente a su alrededor. Este tipo de gente no valoraba la educación ni la cultura. Trabajar ilegalmente y vivir de las apariencias era su mayor prioridad, ya que, desafortunadamente, no conocían otro estilo de vida. La comida fue el refugio de Adriana para obviar ese ambiente ensombrecido en donde la gente vivía sin un propósito. 



Por: Yini Rodríguez
Editado por: Luis R. Santos Lora
Todos los derechos reservados
 

domingo, 15 de junio de 2014

Viernes 13: Noche de poema y reflexión


Paciencia
Tiempo al tiempo:
Paciencia...paciencia
Todo llegará en su momento.
Caminado despacio en contra del viento,
escucho ecos lejanos y pasos acercándose.
Paciencia...paciencia
Tejiendo un encuentro,
cada quien dueño de su tiempo.
Tú quién eres no me acuerdo?
refresca mi mente con tus recuerdos
Paciencia...paciencia
No te alejes en este momento,
Ven conmigo y emprendes el reto
Huye de aquellos que no tienen sueños.
Paciencia...paciencia
No vivas de cuentos,
anda organiza tu tiempo,
y aprovecha el encuentro.
Paciencia...paciencia
No sientas temor de tener miedo
tú no eres el único en este juego.
bajando los hombros firme el cuerpo
Paciencia...paciencia
Antes de hablar mejor piensa
porque la crítica puede ser
un elogio qué favorezca.
Paciencia...paciencia
Si andas derecho habrá respeto
Los buenos amigos ahí estarán,
y los que no por sí solos se van
Paciencia...paciencia
Atrapa tus sueños, defiéndelos con hechos y
no desperdicies tu tiempo
Paciencia...paciencia
para que valga la pena el encuentro
y la paz

 
Engaño
La gente se engaña a sí misma,
viven en el pasado
y se alimentan de mentiras.

Si en algún momento tuvieron gloria,
hoy sus almas están en ruinas.
Viven de sueños
porque si despiertan
sus vidas son una pesadilla.

Carencia humana.
Vencidos sin comenzar la batalla.
Las apariencias los han aniquilado.
No aceptan su realidad
e idolatran falsos dioses.
Sus pasos no tienen dirección,
la marcha es al azar.
Aturdidos
se lamentan buscando excusas
                                             a sus respuestas.
Otros observan
                                            porque ellos son los hazmerreír de la fiesta.
Mentes enfermas
no hay medicina que alivie sus penas.
Si no reaccionan jamás encontraran
                                              la gloria
porque morirán sin saber quiénes son
y sus energías se dispersaran
sin rumbo ni dirección.



Por: Yini Rodríguez
Editado por: Omira Bellizzio y Johnny Barbieri
Todos los derechos reservados


domingo, 8 de junio de 2014

El ermitaño


Mi primo el ermitaño era como el oso; buscaba comida y luego se encerraba en su guarida. Recuerdo esa escasa sonrisa alegre y sus ojos color de miel. Su dentadura blanca se destacaba por sus exageradas andanas y cuando reía irradiaba luz en la casa. Él no era tan viejo pero al ser tan pequeña lo veía bien mayor. Además, también lo creía un loquito por su manera de actuar y porque era un huraño. La percepción de los niños cambia a medida que éstos van creciendo y luego perciben la realidad con sus verdaderos matices. Ramoncito se la pasaba trancado en su habitación y pocas veces se socializaba con los demás. La casa de mi bisabuela parecía un harén con tantas damas. Aparte de mi bisabuelo, Ramoncito era el único varón adulto de la casa. Mi mamá era su prima mayor. La semana pasada estaba mi madre viendo en la tele Decisiones, que son relatos basados en historias, supuestamente, de la vida real. Ya no pierdo mi tiempo viendo tanta mierda como, por ejemplo, lo es el programa "Keeping up with the Kardashians." Antes malgastaba horas y horas frente al televisor viendo novelas. Acaso no tengo suficiente con mi vida para llevar la de aquellos detrás de una pantalla que no hace un carajo por mí? Al contrario, uno es quien les hace el favor a ellos porque ayuda a que suba el rating de la programación. Anyway, la historieta que mi mamá estaba mirando trataba de una familia que dio a su tercera hija en adopción porque eran muy pobres. En la trama pasaron veinte años. Luego, la chica se enamoró de su hermano sin saberlo. Me quedé pegada a la tele porque me llamó la atención dicha historia. Pero, lo que más me impactó fue el hecho de que mi madre me comentara lo siguiente: "te acuerdas de mi primo Ramón? Su historia es similar a esa”, me dice ella. Las memorias surgieron en su mente por estar viendo "Decisiones". Aunque es cierto que ya no le dedico tiempo a la tele, me alegró haberlo hecho esa noche con mi madre porque eso dio inicio a un gran relato del cual yo estaba ajena. Por qué la gente pierde su tiempo viendo series o novelas si en las de nuestras familias hay tantas historias que contar?  ¿Por qué mejor no juntarnos familiares y amigos en la casa o se van a un parque para que los pequeñitos jueguen y así, a la misma vez, ellos puedan abrir "el anecdotario familiar" y sacar a relucir historias que han estado sepultadas por décadas y quién sabe si hasta por un siglo o más?.

Bien, esta es la historia de Ramoncito contada por mi madre: "Ramón Vicioso. Más que primo fue mi hermano. Recuerdo como hoy cuando mi tío Chichi llegó con él en sus brazos después que su mamá lo dejó abandonado en la banqueta de un juzgado. Yo tendría como 5 años. Desde ese entonces éramos dos en la casa. Los dos primeros nietos de mis abuelos por parte de mi padre, fuimos creciendo juntos bajo las mismas costumbres y educación. Él era un niño tímido y callado que solo jugaba donde yo estaba porque lo defendía con uñas y dientes de cualquiera que le hiciera alguna maldad. Como él era tan torpe mi abuelo le puso de sobre nombre," lico el baboso " porque aparte de ser cobarde vivía con las baba al chorro. Pues bien, seguimos creciendo juntos y mi abuela todas las tardes después de un buen baño nos ponía ropitas bonitas y nos sentaba a cada uno en una sillita en frente de la casa y recuerdo cuando nos decía: si pasa la señora de la mancha no le hagan caso. Esa es una señora muy mala. Pues al decirnos esto le cogimos miedo a esa señora. El tiempo pasó y ya teníamos más edad. El como diez años y yo como catorce. Él comenzó a preguntarme que cómo era posible que su abuelo fuera mi abuelo y mi abuela fuese su mamá. Su papá era hijo de mi abuela entonces el no entendía cómo era posible que la mamá de su papá fuera entonces su mamá. Eso lo tenía a él muy desconcertado. Para ese entonces yo ya sabía parte de la historia y le dije a mi abuela que le dijera la verdad porque él estaba bien confundido. Fue ahí que yo me enteré que la señora de la mancha a quien mi abuela llamaba mala era la " madre" de mi primo. Y, en efecto, para mí era también mala pues lo había abandonado en un juzgado de paz porque su papá, mi tío, no podía darle el dinero que ella exigía para la manutención. Siguieron pasando los años y mis abuelos no le decían nada al muchacho. No fue sino hasta que él comenzó a estudiar de noche en la escuela República del Uruguay frente a nuestra casa cuando sucedió algo inesperado. Él se enamora de una muchacha en la escuela, pero un día llega un joven preguntando por Ramón y yo salí y le pregunté que para que lo buscaba. (¿)El joven me dice _es con él con quien tengo que hablar. Yo llamé a mi abuelo. Cuando él llega, dice: _¿qué pasa aquí?, con su cara de bulldog. El joven se asusta y dice de un fuetazo: _yo soy hermano de Ramón. Mi abuelo se quedó pasmado y solo atinó a decir: _¿Cómo, hermano de dónde? _Yo soy hijo de la señora que tiene la mancha en la cara y, por lo tanto, soy su hermano porque ella también es su madre. Desde hace tiempo que vengo observándolo pues tengo dos hermanas que estudian en la misma escuela y una de ellas ahora resulta que es su novia y hay que arreglar esta situación. Mi abuelo dijo: _vamos a esperar hasta la salida de la escuela para hablar con él. Llegó mi hermano Ramón y entre diálogo le dicen toda la verdad. Desde ese entonces la señora de la mancha salió a la luz y él odiándola con todas sus fuerzas hasta el día de su muerte. Nunca quiso saber nada de ella ni tampoco la perdonó por haberlo abandonado.¨

Por: Yini Rodríguez y Mirtha Díaz 
Editado por: Omira Bellizzio y Johnny Barbieri
Todos los derechos reservados