lunes, 1 de diciembre de 2025

Cuando el tren se detiene

 Pensé: ¿la línea verde o la naranja?

Opté por esta última, como si estuviera jugando al Tin Marín de do Pingüé. Calculé que, por el tren D, en vez de subir, bajaría las escaleras y no tendría que hacer transferpara ir de Lehman al Graduate Center. Aunque, por ese camino, atravesaría la suciedad y el hedor a orina de los indigentes y drogadictos que han hecho de esa estación su nido, donde muchas veces da grima transitar por esa entrada.


Salí con el tiempo justo y confiada en que llegaría a tiempo para escuchar la charla que iba a moderar mi Sistercita Rosalía Reyes sobre Octavio Paz. Me sorprendió la lluvia. Por suerte tenía mi paraguas en la oficina y me devolví a buscarlo. Aceleré el paso para llegar rápido a la estación de Kingsbridge, entrando por la 196. Alguien abrió la puerta para que pasara sin pagar. Ignoré el gesto y usé mi Apple Pay.


Cinco minutos después llegó el D. Entré y tomé asiento. Sonreí con satisfacción porque no tuve que esperar mucho tiempo. La sonrisa se fue desvaneciendo cuando anunciaron por el altavoz que había retrasos porque un tren estaba delante. Dejamos de avanzar y, en cada estación, esperábamos alrededor de siete minutos. Ya respiraba agitada, y en mi rostro se notaba la impaciencia.


Cuando llegamos a la 161, pensé en salir para cambiarme al 4, pero desistí por flojera. Error. El retraso continuó y la impaciencia se fue convirtiendo en impotencia. No era la única. Para disipar el enojo, empecé a practicar la inteligencia emocional en acción. Pensé en devolverme, porque ya no llegaría a tiempo para la charla, pero decidí continuar: deseaba saludar a la Sistercita.


En la 145 hubo un incidente, y el D, en vez de ir express, se fue local. En cada estación tardaba unos tres minutos. En ese punto, las personas comenzamos a hablar entre nosotros. A mi izquierda, una joven afroamericana, con el celular descargado, estaba asustada porque llegaría tarde a su trabajo y temía que la devolvieran a su casa. Una mujer —creo que rusa o de Albania— documentaba el tiempo que el tren se detenía en cada estación.


Un joven puertorriqueño, que al principio estaba muy callado, se levantó impaciente y comenzó a decir que necesitaba llegar a su casa, que venía de trabajar. En ese momento, a otro chico dominicano se le cayó el papel EZwider para enrollar, y el otro le dijo:

—Yo, eso es lo que necesito fumar.

Sacó entonces un frasco con marihuana.


Un joven asiático, sentado frente a mí, comenzó a tejer una bufanda verde y, de vez en cuando, se reía. En una ocasión dijo que tal vez alguien había muerto y lo habían tirado en los rieles del tren. En la esquina, un señor moreno mayor escuchaba su música, chilling.


Me fui relajando. Ya no pensaba en la charla de Octavio Paz, sino en las personas que íbamos en el tren; en cómo, al principio, cada quien iba ensimismado en su mundo y cómo un retraso abrió una ventanilla para mirar dentro de las circunstancias del otro.


Después de la 59, el tren comenzó a fluir con normalidad y las personas se fueron despidiendo a medida que les tocaba bajarse en su estación. Fui la última. Al salir, sentí como si hubiera vivido una pequeña película sin cámaras: un retrato de ciudad donde, por un instante, los desconocidos se convirtieron en parte de una misma historia.


-YARD

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Lady in Red


I open old messages.

Read them.

Feel the sting again.

And I bleed—inside.


Passive. Aggressive.

Tell me—

with what right?


And then there’s me.

Justifying myself.

What a fucking fool.

Handing over power to a man

so he could break me down.


And you—

you hide behind past glories,

back when you swore you looked good.

Ignorance.

Or maybe just the absence of self-love.


These words—

the ones I never deleted—

once made me cry.

But not anymore.


Now, they’re just echoes.

Now, I laugh.

Now, I walk forward.


Him:

I want to see you looking like you did in that lovely red dress 🤭


Me:

I’ll lose weight and start exercising, hopefully.

I have an appointment with an endocrinologist in May,

and I’m determined to get back on track.

I’ve already quit smoking—

and I know this is another goal I need to reach.

Step by step…


Him:

Had no idea you smoked, Yini 😲 That’s a big NO!

Can you send me that pic of you lying down in that red dress?

I can’t find it.


Me:

I used to smoke weed.

(I omit the cigarettes too.)


Him:

Oh, OK.


Find that beautiful photo, I’ll keep looking too…


found it


Absolutely gorgeous!

I really can’t see how you’d let such beauty be compromised, Yini! 😲


Me:

When I was younger,

I never saw myself as beautiful.

But now, looking back, I realize I was.

Isn’t that funny?

Sometimes I wish I could go back in time.


Him:

You took your beauty for granted 💔

It makes me mad how you let it go—

because you did, Yini. 😲


Me:

It makes me mad too.

I feel like crying now :-(


Him:

You were and are that beautiful woman.

Remember that 😘


But listen, if you’re happy that’s all that matters🙏🏽


Me:

I’m not happy.

But at least I’m not torturing myself.

Seasons change, people change.

And I’m taking control of my life again.

I’ll be working with an endocrinologist.

If this is my new reality,

I’ll live with it

instead of dwelling on the past.

Health comes first.

Beauty only feeds our egos.


Him:

Nah. Those beautiful pics of you are not long past.

You use clichés to excuse your gluttony, Yini 🙃


Me:

Probably.

But thank you for the reminder.


Him:

Those beautiful photos are YOU.

That’s all you need to know 🙏🏽🙏🏽🙏🏽


Me (Inside my head):

Fuck—Off.

Goodbye, buddy.

Without saying a word.

lunes, 1 de marzo de 2021

Campamento Yagéosocofán

Tuvo que pasar un mes para salir de la inercia de la postergación en la que me encontraba. Resulta que, después de haber regresado de mis vacaciones, me desconecté del mundo casi por completo; a tal grado que no contestaba llamadas ni emails. Algo extraño de explicar, aunque reconozco que ya llevaba un tiempo en esa onda pero siento que ahora toqué fondo, pues la vaina se intensificó. 

Me sentía extenuada; en un estado de descuido y abandono total, con el trabajo y los compromisos que asumo. Sin embargo, hay otra parte de mí que no para de afanar; siempre limpiando y organizando mi apartamento. Cuando evado los compromisos, aflora la YiniCienta (así le llamo a la Yini que es obsesiva con la limpieza).  ¿Pero quién carajo me manda a meterme en tantas cosas si solamente tengo dos manos y un cerebro?, pienso muchas veces con deseos de abofetearme, pero contengo las ganas de maltratarme a mí misma.

Rememoro los primeros días de enero cuando regresé de Santo Domingo, súper emocionada, con los preparativos de mi viaje a Colombia, en donde participaría en un campamento en Putumayo, en la Maloca del taita Oso Cofán. La experiencia fue gratificante porque conocí gente muy cool. Ahí me sentí querida; comí rico y sano; dormí y leí mucho; y también disfruté de la música que tocaban los chicos y el intercambio de experiencias con los nuevos conocidos, especialmente con el grupo de paisanos dominicanos allí presentes. 

En la Maloca se respira paz ya que el paisaje y el ambiente natural te cautivan de una manera singular. Además, el trato del personal y entre todos los participantes era muy orgánico y la energía fluía de una manera especial. Nadie debatía ni argumentaba con el otro; era como si los participantes antes de llegar al campamento hubiesen dejado el ego bien guardadito en sus closets, ya que vibrábamos en la misma energía y las palabras cuando conversábamos, provenían del corazón, sin prejuicios ni sarcasmos. 

Durante los días de campamento, aparte de las cuatro ceremonias de yagé; también hicimos varios temazcales; un vomitivo; y una limpia con tallos y hojas de ortigas. Además, hicimos dos paseos, el primero fue a un río en donde prepararon una rica parrillada y algunos tomamos aguardiente y cervezas. ¡Cuántas risas y baile! Al parecer me salió la caribeña, porque al otro día, ya no me llamaban por mi nombre sino por un nuevo apodo “La licuadora”, por los movimientos de caderas que hice mientras bailaba la noche anterior. El segundo paseo, después de haber caminado un largo trecho bajo la lluvia, fue a una hermosa cascada, con unos exuberantes paisajes llenos de vegetación. 

Admito que soy una persona que sufre porque no solo siento mucho, sino que también pienso y sueño demasiado y en mi mente visualizo muchas cosas y es como si quisiera adelantar el tiempo para ver mis sueños hechos realidad, pero entiendo que hay que tener paciencia y disfrutar el proceso porque el futuro viene solito.

Pero en fin, para salir de la inercia en la cual me encontraba cuando volví de Colombia, le escribí a un gran amigo, que ya bauticé como mi padre adoptivo y sus consejos me han hecho reflexionar bastante y entender mi situación actual, para seguir sanando y buscar ayuda profesional: 

“Imaginé que algo te pasaba, pero no quise escribirte de nuevo, porque sé respetar los silencios de las personas que quiero. Por los síntomas que mencionas (bloqueo, llanto, tirones musculares, deseos de morir, etc.), sin ser psicólogo me parece que atraviesas un período de depresión. ...Creo que quizá te convendría dosificar tus proyectos, no meterte en demasiados compromisos a la vez, porque después no puedes realizarlos todos y eso frustra mucho. Lo primero es tu salud, física y mental, lo segundo es tu trabajo, que debes cuidar. Lo tercero es sacar tiempo para ti: descanso, entretenimiento, elegir bien a los amigos con los que quieres compartir. Lo cuarto es el alimento de la mente con lecturas y meditación. Después, si aún tienes tiempo, podrás ocuparte de algún proyecto social o cultural, uno a la vez, no muchos al mismo tiempo. Es decir, reorganizar tu vida siguiendo un plan, con disciplina.” 

Pues bien, lo dicho por mi amigo y consejero coincide con mi sentir acerca de que acceder a estados alterados de la mente, como lo hice con las ceremonias en Colombia, hace que una tenga una conexión directa con su ser supremo, en donde vemos y entendemos cosas, porque sí existen otras dimensiones y ahí podemos conectar con la fuente de energía y desde otra perspectiva comenzar a reprogramar nuestras mentes.  

Ahora bien, no solo por tener visiones y experiencias en estados alterados la vida de una persona se va a transformar, como por arte de magia. ¡Oh, no!  

Si queremos vivir equilibrados hay que ser constantes y eso se adquiere con la disciplina diaria; y en esa área es que estoy poniendo mi esfuerzo, para seguir las recomendaciones de mi padre adoptivo, a quien aprecio mucho y cuyas palabras me motivaron a escribir; y aquí también comparto un comentario que otro amigo me escribió: 

“Uno escribe como le sale. Trata de escribir aunque sea un párrafo diario. Luego retomas la forma. Tienes mucha fluidez, te lo digo siempre. A mí me hubiese gustado saber expresarme así. Lo bueno es que mediante a tus textos muchas personas se sienten identificadas. Tu siempre te renuevas y te transformas; buscas nuevas experiencias. En fin, tú eres una fuerte que sabes vivir bien tu vida. Vas a salir de ese bache y volverás a escribir mucho.” 

Estamos aquí para aprender y qué bueno es tener amigxs que se preocupan por uno y debemos escuchar a los amigxs cuando nos hablan desde el corazón.  

Volveré a enfocar la mirada en mí, para cuidar mi salud física y mental y volver a mi centro. Dejaré a un lado las amistades y las relaciones tóxicas, para no dispersar mi energía. Seguiré meditando y descansando, sin sentirme culpable. Y volveré a leer y a escribir todos los días, sin importar si está bien o mal. 

Mi amigo quería que le contara mi experiencia en Colombia y este fue el texto que me salió. Además, tenía pendiente escribir en el grupo de los participantes del campamento y este escrito también lo compartiré con ellos y en mi blog. El resto de la historia la podrán imaginar viendo las imágenes que aquí comparto de dicho campamento en la Maloca del taita Oso Cofán; una experiencia inolvidable que espero repetir pronto! 

-YARD

martes, 3 de noviembre de 2020

Mi hermano Radhamés

No sé quién alfabetizó a mi hermano pero a mí fue doña Purruca en su casita en la Caracas 56; justo al lado de la escuela Uruguay, a la cual ambos asistimos. Aunque nos mudamos varias veces, seguimos en la misma escuela porque el trayecto no era tan lejos. Recuerdo una vez que vivimos en Villa Duarte. Mi mamá le daba a mi hermano el dinero del pasaje para cruzar el puente pero el muy sabio pedía “bolas” para así quedarse con el menudo. Una vez me envió con alguien en una pasola y el venía detrás en una camioneta. Luego de regreso, cruzábamos el puente. A esa distancia me aterrorizaba mirar el rio Ozama, ya que una vez me iba a ahogar en un rio. Además, la altura también me asustaba. 

Antes de llegar a la casa nos parábamos en donde una señora,  que vendía Habichuelas con dulce en frente de su casa. Con el dinero que se ahorraba del pasaje, compraba dos vasitos; uno para él y el otro para mí. Yo no podía decirle a Tata nada de esto si no mi hermano me daba mis cocotazos; y éstos sí que dolían. Además, me encantaban esas habichuelitas. Mi hermano era bien maldadoso y siempre me asustaba. Aparte de la escuela Uruguay, también asistimos a la escuela La Argentina. Ahí también mi hermano se la lucia y cuando bajábamos la calle Luperón el me agarraba del brazo y corría conmigo a millón. Coño, que sustos me hacía pasar. Mi adrenalina se disparaba a todo lo que da. Sentía mucho miedo pero creo que en el fondo lo disfrutaba.

Dicen que uno no sabe lo que tiene sino hasta que lo pierde. Pienso que así mismo es porque después que perdí a mi hermano fue que vine a darme cuenta lo importante que él era para mí. Hacen 23 años que se suicidó mi hermano Radhamés. Cuando sucedió esa desgracia, mi hijo Esteban tenía seis meses de nacido. Mi hermano era loco con él como si fuese suyo. Estaba yo preparándole la leche a Esteban cuando sonó el teléfono. Era Tata pero por sus llantos no entendía lo que trataba de decirme. Después de varios segundos, que pareció una eternidad, ella balbuceando me dijo que Radhamés se había dado un tiro en la cabeza. La trágica noticia me dejó tan desconcertada que solo atiné a tocar la puerta de mi vecina Rosa para que cuidara a mi hijo. Llegué en un santiamén al edificio en donde vivía Tata. Aunque todo pasó tan rápido, ya la policía estaba ahí y tenían el edificio bloqueado con cintas amarillas alrededor. Prácticamente tuve que hacer un show para que me dejaran subir. Imaginaba a mi madre al punto de la locura. Mientras subía las escaleras, miles de pensamientos perturbaban mi mente. Sin embargo, ningún pensamiento fue tan fuerte como la triste realidad. 

Yo pensaba  que iba a encontrar a mi hermano mal herido; es decir en un estado crítico. Pero que va, él ya tenía varias horas de muerto. Esa mañana recibió Tata la entrega de unos muebles que había comprado para llevar a la Republica Dominicana; a la casa que construyó con la ayuda de mi hermano. Coño, me dio tanto dolor cuando vi el rostro de Tata. Envejeció 20 años en solo unos instantes. El apartamento lleno de detectives y todos interrogándola. Cuando entré a la habitación, mi pobre hermano yacia inerte en su cama. Una sábana cubría mitad de su cuerpo y en su mano derecha estaba el revolver con el cual se había disparado en la cien. ¿Ay manito porque te quitaste la vida? Esa pérdida ha sido la más grande en mi vida. Aparentemente, él se mató en horas de la madrugada. Tata se dio cuenta cuando lo fue a despertar para que ayudara a la gente de la mueblería a acomodar los muebles en la sala. 

Los gritos ahogados de Tata, al salir de la habitación, friquiaron a los hombres de la mueblería. Éstos salieron del apartamento a la jon del diablo; dejando a Tata sumergida en la penumbra. Pero, ella no estaba sola. Ahí estaba también mi hermanita Jasmali de solamente cuatro años. Que horrible debió ser para ella ver a su hermano muerto. Llorando ella me decía: “Papa Dios se llevó a manito y ahora él está en el cielo con los angelitos”. Ojala; pensaba yo. Aunque, dicen que el que se suicida no sube al cielo. Cuanta vaina inventa la gente, señores. Pero, cada loco con su tema.

Pues bien, la perdida de Radhamés afectó a mi madre bastante. Es como si ella también hubiese muerto con él. Pienso que tal vez sí ya que desde ese entonces a Tata le recetan un paquetón de pastillas para la depresión. Su vida se ha ido deteriorando y no por la vejez sino porque ha dejado de sonar y fijarse metas. 

Radhamés fue quien le doy a Tata diez mil dólares para que ella se comprara un rancho. La pobre, como no la asesoraron bien, compró una mejora en la Zona Oriental; detrás de Inviviendas. Es decir “en donde el diablo tiró las diez voces y nadie lo escuchó” porque está lejos con cojones. La distancia no sería un problema sino fuese porque se hacen esos fucking tapones en donde ninguno de los conductores respeta las señales de tránsito. Además,  hay mucha maldita basura en el área y un gentío por doquier. Tú te paras en un colmado y no te escuchan por la música tan alta. Varios tiqueres jugando quintintin. Un par de cuerillitos meniando las nalgas a medida que chupan y gritan “hoy se bebe”. Ay, coño la vida la ven como un constante carnaval y por eso cada día viven más atrasados pero “el que por su gusto muere que a gloria le sepa la muerte.”

Bueno, analizando la situación pienso que la casa de Tata, después de la muerte de mi hermano, se convirtió en la casa de los muertos. Pero, de los muertos en vida. Las amistades de Tata son la mayoría gente depresiva. No tienen espíritu porque sus almas la han arropado de amargura, pesimismo y dolor. Los mártires de la película. Lástima que Tata no puede ver en que hoyo se ha metido. Yo deseo sacarla de esa arena movediza para que el brillo vuelva a sus ojos verdes.

Texto escrito en noviembre 2013.

-YARD


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Desde mi ventana


Pensándolo bien, en verdad se ha dado una de las cosas que soñaba a menudo: vivir entre artistas y escritores para, cuando en un futuro lejano escribiesen sobre ellos, figurar en esas páginas. Les cuento que imaginaba eso cuando en mis clases de literatura leía algún ensayo o biografía sobre Borges, Neruda, Vallejo, Cortázar, García-Márquez, me intrigaba todo aquello que refería el ambiente de cada uno, en sus distintas épocas, y también de la gente que los rodeaba y cómo cada cual tenía referencia de los otros, aunque no se conocieran entre sí. Ya estoy convencida de que cada uno teje su historia y cada hilván lo lleva por distintos senderos. Al final, todos convergen.

Frente a la ventana de mi habitación, con vistas al Tracy Tower, fumo un cigarrillo, con mi querido amigo y mentor, Nobel Alfonso; él, al escuchar mis peroratas, dice: “Cuidado con el ego; no dejes que éste se salga de control”. Jamás, me apuro en contestar. Pero en el fondo, sé que él tiene la razón. Estoy más que convencida de que, con o sin noción, la mar de las veces hacemos cosas para alimentar el ego.

Hay que vivir una vida consciente para estar atento y hacer cambios o ajustes, para encontrar balance. Cuando comencé a escribir estas palabras, tenía planeado referir mi encuentro con Nobel durante su reciente visita. Vino a Nueva York para el nacimiento de su nieto Zahi Iam (hijo de su primogénita Ioana Alfonso). Es fascinante ver cómo Nobel escribe cartas para que su quinto nieto las abra en años previamente determinados por él.
Nobel insiste en que debo escribir y dejarme de estar haciendo pajas mentales, como diría mi gran amigo el historiador Ramón Espínola. Últimamente casi no escribo, aunque sí leo mucho. ¡Amo la lectura! Sin embargo, en medio de tanto afán, es poco el tiempo para leer. Mas, sí visualizo, en seis años aproximadamente, dándole un cambio a mi vida, porque es algo que vengo proyectando desde hace un tiempo atrás, tengo planeado escribir sin trabas.

El punto es que, para sentir que estoy cuerda ―aunque en el fondo sé que no lo estoy― necesito ver realizadas las cosas que proyecto; de lo contrario, sólo existen en mi mente. Sí aun ando por aquí, para esas fechas, celebraré mis cincuenta años en Casa de Campo, con 50 amigos; los más queridos y cercanos…

Anyway, volviendo al tema de la escritura, me cuenta Nobel lo disciplinado que era René Del Risco Bermúdez y cómo éste tenía un día específico de la semana, en donde cerraba la puerta de su despacho, para escribir a sus anchas, sin que nadie lo jodiera. También me contó del trágico accidente donde René perdió la vida. (Waooo, muy triste! Me hubiese gustado conocerlo, por todas las cosas que cuenta Nobel, especialmente de lo mucho que aprendió con él. Ahora siento curiosidad por leer su clásico “Ahora que vuelvo, Ton”, para así conocer al autor y a quien fuese amigo de mi amigo). Gracias a Nobel, también conozco al destacado escritor dominicano radicado en Estados Unidos, a quien ahora llamo primo y lo quiero como tal: René Rodríguez Soriano. Cada vez que me pierdo, me da una reprimenda, “pero prima, depoldió”, pero no importa el tiempo que duremos sin conversar, el cariño es siempre el mismo o más. 

Precisamente hoy conversamos y dijo que le diera un fuerte abrazo a nuestro amigo Eduardo Lantigua cuando lo vaya a visitar. Un pensamiento pasa fugaz, en este mismo instante, por mi mente y lo tengo que escribir: “Coño Yini, tú tienes varios libros de Lantigua, qué carajo espera para leer sus obras”, y al pensar en esto se me encoge el corazón porque la salud de Eduardo últimamente ha desmejorado bastante. ¡Dios lo cuide y le dé larga vida! Muchas personas tocan nuestras vidas, sin que ellos se den cuenta, y en esta tómbola estamos todos conectados, ya sea por una razón u otra. 

Tengo amigos de todas partes y ya no pienso si son artistas, escritores, drogadictos, vagos o si son unos sinvergüenzas. Total, ¿qué es ser artista o escritor? Al final del día, no importan las etiquetas, sino más bien el calor humano y la buena energía que se reciba de la gente que genuinamente aprecia a uno, y de esas experiencias surgen historias que se escriben con el corazón y también con el alma. No importa si éstas trascienden o no; lo valioso es escribir, sin pretensiones y ¡sólo el tiempo dirá! 

Por: Yini Rodríguez
Todos los derechos reservados

lunes, 13 de marzo de 2017

Un trato político

La última vez que nos vimos comentó que estaba al tanto de mi crecimiento profesional y de todos mis proyectos culturales. Quedé impresionada porque él tiene un cargo político muy importante. No pensé que alguien a ese nivel se detuviera a mirar los posting en fb, menos los míos. Lo conocí hace 15 años en un juego de baloncesto en Hostos Community College, de donde soy ex-alumna. Era una beneficencia para una causa noble. ¡Qué varonil y cuánto carisma! Yo suspiraba y observaba a ese machazo, mientras él se desplazaba de un lado a otro. 

Siempre me ha gustado cooperar. Si bien, desde que comencé a estudiar, me fui involucrando en diferentes ámbitos, con el propósito estratégico de conocer la cultura de esta ciudad, en especial la del bello Bronx. Soy una persona calculadora pero de buena fe. Siempre lo he sido, incluso en el pasado cuando no me comportaba con rectitud. Pues bien, en Hostos conozco a ese hombre, cuya presencia aún me pone nerviosa y hace que revoloteen las mariposas en mi estómago. Él lo sabe. En esa época, era una chica sin escrúpulos. Él es un hombre casado y aun así me le insinué. La segunda vez que lo vi fue en una gala. Cuando pude hablarle, fue para invitarlo al after party. Qué estúpida soy, pensé. Sin embargo, ya era tarde para retractarme. Estaba que me derretía al verlo frente a mí, con esa sonrisa sexy y mirada penetrante. Ese hombre lucía hermoso, con un suit azul oscuro hecho a su medida y una fragancia riquísima. Me perdí en su aroma, que llegaba a mí como una limosna. Como era de esperar, no aceptó la invitación.

Qué hombre más recto y fiel a su esposa quedé pensando yo con admiración y vergüenza por mi comportamiento tan depravado, después de unos tragos. Tras ese encuentro, dejé de pensar en él. Un día, dejándome llevar por mis impulsos, llamé a su oficina y, para mi suerte, la secretaria le pasó la llamada. Le dije que me interesaba hacer servicio comunitario. Con mucha diplomacia dijo que no era prudente, ya que sabía de mis intenciones hacia él, y trabajar en su oficina iba a ser una tentación porque él era un hombre. ¡Qué metida de pata! Jamás lo volví a molestar pero siempre soñaba con él. El deseo se fue desvaneciendo con el tiempo. Durante mucho tiempo imaginé que iba a verlo a su oficina para hablarle de un proyecto comunitario y que antes de irme me acercaba a su escritorio, me sentaba en sus piernas, y lo besaba intensamente. ¡Qué tortura pensar en esos labios que nunca serían míos! 

Siento un poco de vergüenza al hablar de estas cosas pero por qué tapar mi conducta del pasado si lo importante es que ya me he reivindicado y ahora soy una persona transparente. Antes vivía sin valores. Por eso no me gusta escribir porque cuando lo hago se me va la lengua y escupo hasta la hiel. Escribir es una manera de auto analizarme y ver cómo he ido transformando mi vida para bien. En mi pasado hay muchas historias que si alguien las lee pensaría que son mentiras. Un eslabón lleva al otro y así estamos todos conectados de una manera u otra y hay que saber cómo comportarse. Estas cosas las he ido aprendido con los años.

Jamás revelaré su nombre. Y quién sabe si este texto no pasa a ser más que una historia inventada para desahogar una frustración como le ha sucedido a muchas de nosotras. 


Por: Yini Rodríguez
Todos los derechos reservados