Pensé: ¿la línea verde o la naranja?
Opté por esta última, como si estuviera jugando al Tin Marín de do Pingüé. Calculé que, por el tren D, en vez de subir, bajaría las escaleras y no tendría que hacer transferpara ir de Lehman al Graduate Center. Aunque, por ese camino, atravesaría la suciedad y el hedor a orina de los indigentes y drogadictos que han hecho de esa estación su nido, donde muchas veces da grima transitar por esa entrada.
Salí con el tiempo justo y confiada en que llegaría a tiempo para escuchar la charla que iba a moderar mi Sistercita Rosalía Reyes sobre Octavio Paz. Me sorprendió la lluvia. Por suerte tenía mi paraguas en la oficina y me devolví a buscarlo. Aceleré el paso para llegar rápido a la estación de Kingsbridge, entrando por la 196. Alguien abrió la puerta para que pasara sin pagar. Ignoré el gesto y usé mi Apple Pay.
Cinco minutos después llegó el D. Entré y tomé asiento. Sonreí con satisfacción porque no tuve que esperar mucho tiempo. La sonrisa se fue desvaneciendo cuando anunciaron por el altavoz que había retrasos porque un tren estaba delante. Dejamos de avanzar y, en cada estación, esperábamos alrededor de siete minutos. Ya respiraba agitada, y en mi rostro se notaba la impaciencia.
Cuando llegamos a la 161, pensé en salir para cambiarme al 4, pero desistí por flojera. Error. El retraso continuó y la impaciencia se fue convirtiendo en impotencia. No era la única. Para disipar el enojo, empecé a practicar la inteligencia emocional en acción. Pensé en devolverme, porque ya no llegaría a tiempo para la charla, pero decidí continuar: deseaba saludar a la Sistercita.
En la 145 hubo un incidente, y el D, en vez de ir express, se fue local. En cada estación tardaba unos tres minutos. En ese punto, las personas comenzamos a hablar entre nosotros. A mi izquierda, una joven afroamericana, con el celular descargado, estaba asustada porque llegaría tarde a su trabajo y temía que la devolvieran a su casa. Una mujer —creo que rusa o de Albania— documentaba el tiempo que el tren se detenía en cada estación.
Un joven puertorriqueño, que al principio estaba muy callado, se levantó impaciente y comenzó a decir que necesitaba llegar a su casa, que venía de trabajar. En ese momento, a otro chico dominicano se le cayó el papel EZwider para enrollar, y el otro le dijo:
—Yo, eso es lo que necesito fumar.
Sacó entonces un frasco con marihuana.
Un joven asiático, sentado frente a mí, comenzó a tejer una bufanda verde y, de vez en cuando, se reía. En una ocasión dijo que tal vez alguien había muerto y lo habían tirado en los rieles del tren. En la esquina, un señor moreno mayor escuchaba su música, chilling.
Me fui relajando. Ya no pensaba en la charla de Octavio Paz, sino en las personas que íbamos en el tren; en cómo, al principio, cada quien iba ensimismado en su mundo y cómo un retraso abrió una ventanilla para mirar dentro de las circunstancias del otro.
Después de la 59, el tren comenzó a fluir con normalidad y las personas se fueron despidiendo a medida que les tocaba bajarse en su estación. Fui la última. Al salir, sentí como si hubiera vivido una pequeña película sin cámaras: un retrato de ciudad donde, por un instante, los desconocidos se convirtieron en parte de una misma historia.
-YARD